“Comencé a pasar trabajo a los ocho años, hoy tengo una historia con final feliz”

abril 18, 2022

“A los ocho años comencé yo a pasar trabajo. Cuando nací ya mi papá tenía 71 años, y mi hermana mayor, 16. Ella me maltrataba tanto que, hasta estando mi padre en cama con un derrame, un día me dio un golpe tan fuerte por la cabeza que se me desarrolló un tumor”. Es así como se inicia la historia de Santa Ramírez, una mujer trabajadora que hoy tiene “un final feliz”.

Con dolores de cabeza que no aguantaba por el golpe, ella veía a su papá agonizando, ya con 79 años. “Pero antes de morir, él quiso que una hija que tenía, fruto de otra relación, se hiciera cargo de mí, porque mi mamá no le ponía el frente a la hermana que me maltrataba. Ahí no me daban, pero me ponían a hacer todos los oficios”. Cada día aumentaba más su pena.

Como “bola de billar” era que la tenían. Ya iba donde su madre, con más miedo que otra cosa porque temía que allí la agredieran, y ya volvía para donde su hermana paterna. Durante mi infancia, tuve una vida muy difícil, especialmente tras la muerte de mi padre cuando yo tenía apenas ocho años.

Nunca fue a la escuela. “No me dieron la oportunidad de estudiar”. Es así como, con una vida hecha “cuadritos”, a los 15 años decide mudarse con su novio a ver si salía del yugo que no le permitía avanzar. Todo iba de maravillas. “Él fue que me enseñó a leer y a escribir, porque él era bachiller. Eso me permitió ser yo también la que luego alfabetizara a mis tres hijos”. Hasta ahí todo va bonito.

Después de un tiempo de haberse “casado” con quien fue el padre de sus tres hijos, este “sacó las uñas”. La maltrataba, pero ella aguantaba porque de su “aguante” dependía que sus hijos (dos hembras y un varón) tuvieran un plato de comida en la mesa. No era que ella dejaba de trabajar, pero lo que podía ganar no alcanzaba para sostenerlos si se separaba de aquel hombre. Según dice “he sido una mujer hábil”. Así justifica su tolerancia al maltrato.

UNA MALA PASADA

Es una mujer fuerte y ha sabido salir adelante. Sin embargo, la vida volvía a ponérsela difícil. “Un día mi esposo salió y duró varios días sin que supiéramos de él. Buscándolo, lo encontramos en un hospital. Había fallecido en un accidente. Me quedé sola con mis hijos todavía pequeños”. Ya no valía que estuviera dispuesta a aguantar maltratos. Venía algo peor: hacerle frente a la realidad de levantar sola a su familia.

“Uno de los tíos de mis hijos decidió que cada uno de los hermanos se llevara un niño. Yo acepté en lo que encontraba la forma de conseguir cómo pagar aunque fuera una habitación. Me quedé con mi hermana. Cinco meses fueron suficientes para lograrlo. Me mudé con mis muchachos, y hasta el sol de hoy”. Eso sí, ha tenido que “guayar la yuca”. Ha trabajado en zona franca sin tener tiempo para comer, en colmados, en salones, en casa se familia, vendiendo café y haciendo todo tipo de trabajo honesto para lograr sacar adelante a sus hijos.

Su esfuerzo no ha quedado plasmado en sus manos cansadas, tampoco en los traumas que causan los maltratos recibidos durante la infancia. Se ve en el progreso de tres hijos profesionales y orgullosos de tener una madre como Santa. “Soy una mujer satisfecha conmigo y con ellos. Solo me falta tener una casa propia para estar completa”. Lo comenta la protagonista de esta historia, quien tiene mucho que contar para que otras no se den por vencidas aun dentro de la situación más difícil. 

ALGUNOS NACEN ESTRELLAS, Y OTROS NACEMOS ESTRELLADOS”

Yeury De Los Santos tiene 30 años y es ingeniero en Sistemas; Yanelis, 29 años y estudió Administración de Empresas al igual que Yaneury, quien tiene 26 años. Ellos son los hijos de Santa Ramírez. Los tres le han otorgado a ella el “título” a la ‘mejor madre del mundo’. Están conscientes de todas las vicisitudes que ha pasado su mamá para que hoy ellos sean un hombre y dos mujeres de bien y que aportan a la sociedad.

Conocen su historia al dedillo. Saben que aguantó de todo para no ponerlos a ellos a “rodar” como lo hicieron con ella desde que tenía apenas ocho años. Parte el alma escuchar su definición de lo que es pasar trabajo. “Le llamo pasar trabajo a trabajar como burra como yo lo he hecho desde que tengo uso de razón, y con un sueldo de miseria, trabajando de noche en zonas francas sin receso ni para comer, caminar largas distancias a pies porque el dinero no alcanza para pagar pasaje, pasar hambre y todo lo que se llame necesidad”. Aunque es una lección superada, no evita acongojarse y contagiar a otros con sus sentimientos.

Ella quiso contar su historia a LISTÍN DIARIO porque sabe que, como ella, hay muchas mujeres pasando trabajo y lamentándose por ello cuando lo que deben hacer es aprender a luchar con lo que te toca vivir. “Si del cielo te caen limones, aprende a hacer limonada, pues no todos venimos con la misma suerte. Unos nacen estrellas y otros nacemos estrellados”. Lo dice muy sonriente y convencida de que no hay que quedarse de brazos cruzados.

Tiene 39 años trabajando. Recuerden que comenzó muy pequeña. “A los 14 años mi hermana me buscó un trabajo en una casa de familia con dormida. Luego, tuve mi primer novio, con quien a los 15 años me mudé pensando que descansaría de tanto trabajo”. Hoy día sigue realizando trabajos domésticos, pero ya más “relax”, sin la presión de sacar tres niños a flote. “Pero debo seguir trabajando porque tengo que mantenerme y sueño con algún día tener una casita”. Sus hijos trabajan y la ayudan, pero cada quien tiene sus propias responsabilidades.

Su buena relación con Dios la mantiene positiva, sobre todo, ella sabiendo que en peores momentos de su vida ha conseguido salir hacia delante. “Es Él quien me ha dado la fuerza para continuar cada día. Siempre digo que Él no me da carga que yo no pueda llevar y si me caigo, Él me levanta”. Esto lo dice con firmeza.

¿Cómo es su relación con sus hijos? Esta es una pregunta que respondió de mil amores. “Tengo una relación increíblemente maravillosa con mis hijos. Después de Dios, son todo en mi vida”. Desde que ella tenía 23 años, edad a la que perdió a su marido, ha construido con amor y entrega una relación muy estrecha con ellos. Tuvo su primer hijo a los 16 años y la última a los 23.

“De ahí en adelante tomé diferentes trabajos, todo lo que aparecía, teniendo hasta 2 y 3 al mismo tiempo. En una ocasión me vi desempleada por dos años y vendía café en una esquina en las mañanas, y pinchos de salchichas en otra esquina en las tardes para poder pagar la casa donde vivíamos y dar de comer a mis hijos, pagando colegio y todo lo que se puede pagar en una casa”, comenta esta mujer de batalla nacida en Azua de Compostela.

Luego de dos años consiguió trabajo y continuó igual que antes, con dos y tres trabajos. “Así seguí, hasta que mis hijos se hicieron bachilleres los tres. Fue entonces cuando ellos empezaron a trabajar para ayudarse con la universidad. Gracias a Dios, hoy siento que lo único que me falta para estar completamente realizada es tener mi casa. Nada de lo que pasó antes me hace ser una persona infeliz, siempre tengo una sonrisa en mi rostro, y digo que todo en la vida sucede por una razón, todo es al tiempo de Dios”, concluye esta mujer que ha hecho de todo para que sus hijos no pasen lo mismo que ella. 

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